Los Juegos Olímpicos servirán este año para consolidar
el prestigio global de China y de un modelo que se sustenta en el crecimiento
y la docilidad cómplice de las clases medias. Pero, ¿qué
ocurrirá cuando la prosperidad se frene?
Este
será el año de China. Los Juegos Olímpicos —organizados
a la perfección, sin que haya a la vista manifestantes, personas
sin hogar, disidentes religiosos ni otros aguafiestas— apuntalarán
el prestigio global de China, que proseguirá con su auge económico.
Vibrantes
edificios nuevos, diseñados por los arquitectos más famosos
del mundo, harán que Beijing y Shangai luzcan como modelos de
la modernidad del siglo XXI. Más chinos aparecerán en
el listado de las personas más ricas del mundo, y en las subastas
internacionales de arte los artistas chinos alcanzarán precios
con los que otros sólo pueden soñar.
Salir
de una pobreza casi abyecta y de una tiranía sangrienta en apenas
una generación es una gran proeza, y China merece nuestra admiración
por ello. Sin embargo, la historia de éxito de China es también
el reto más serio que haya enfrentado la democracia liberal desde
el fascismo de los años 30.
Es
en el campo de las ideas donde el modelo político-económico
chino, sin importar sus consecuencias sobre el medio ambiente, está
logrando victorias y luciendo como una alternativa atractiva al capitalismo
democrático liberal.
Y
se trata de una alternativa real. Contrariamente a lo que dicen algunos
supuestos expertos, el capitalismo chino no es como el capitalismo europeo
del siglo XIX. Es verdad que la clase trabajadora europea, por no mencionar
a las mujeres, no tenía derecho a votar hace 200 años.
Sin embargo, incluso en las fases más crueles del capitalismo
occidental, la sociedad civil de Europa y Estados Unidos estaba compuesta
por una enorme red de organizaciones independiente del Estado: iglesias,
clubes, partidos y asociaciones disponibles para todas las clases sociales.
En
contraste, si bien en China las personas han recuperado libertades individuales
desde la muerte del maoísmo, no tienen la libertad de organizar
nada que no esté controlado por el Partido Comunista.
Es
difícil polemizar con el éxito. Si hay algo que la creciente
riqueza de China ha enterrado, es la reconfortante idea de que el capitalismo
y el desarrollo de una burguesía próspera conducirán
inevitablemente a la democracia liberal. Por el contrario, es precisamente
la clase media, comprada con promesas de un bienestar material cada
vez mayor, la que espera conservar el orden político actual.
Puede que sea un trato faustiano —prosperidad a cambio de obediencia
política—, pero hasta ahora ha funcionado.
El
modelo chino es atractivo no sólo para las nuevas elites de las
ciudades costeras de China, sino para otros actores del resto del mundo.
A ella acuden en rebaños los hombres de negocios, los magnates
de los medios de comunicación y los arquitectos. ¿Podría
existir un mejor lugar para hacer negocios, construir estadios y rascacielos,
o vender tecnologías de la información y redes de medios
de comunicación, que un país sin sindicatos independientes
ni cualquier forma de protesta organizada que pudiera reducir las utilidades?
Mientras tanto, las inquietudes acerca de los derechos humanos o ciudadanos
se denigran como algo fuera de moda, o una expresión arrogante
de imperialismo occidental.
Sin
embargo, hay una mosca en la leche. Ninguna economía crece indefinidamente
al mismo ritmo. Ocurren crisis. ¿Qué pasaría si
el trato entre las clases medias chinas y el Estado unipartidario se
quebrara debido a una pausa, o incluso un retroceso, en la carrera por
el bienestar material?
Ha
ocurrido en el pasado. En cierto sentido, lo más cercano al modelo
chino es la Alemania del siglo XIX, con su potencia industrial, su clase
media cultivada pero políticamente neutralizada y su tendencia
al nacionalismo agresivo. El nacionalismo se volvió letal cuando
la economía colapsó y el malestar social amenazó
con subvertir el orden político.
Lo
mismo podría ocurrir en China, donde el orgullo nacional constantemente
se inclina hacia la beligerancia con Japón, Taiwán y,
en último término, con Occidente. Si la economía
tropezara, el nacionalismo chino agresivo podría volverse letal
también.
Esto
no le convendría a nadie, por lo que deberíamos desearle
buenas cosas a China para el año 2008, sin olvidar a todos los
disidentes, demócratas y espíritus libres que languidecen
en las prisiones y campos de trabajos forzados.
Fuente: Clarín
Copyright Clarín y Project Syndicate, 2008.