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14-01-2008

China: el autoritarismo exitoso


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Por: Ian Buruma
ENSAYISTA. PROFESOR DE DERECHOS HUMANOS EN EL BARD COLLEGE


Los Juegos Olímpicos servirán este año para consolidar el prestigio global de China y de un modelo que se sustenta en el crecimiento y la docilidad cómplice de las clases medias. Pero, ¿qué ocurrirá cuando la prosperidad se frene?


Este será el año de China. Los Juegos Olímpicos —organizados a la perfección, sin que haya a la vista manifestantes, personas sin hogar, disidentes religiosos ni otros aguafiestas— apuntalarán el prestigio global de China, que proseguirá con su auge económico.

Vibrantes edificios nuevos, diseñados por los arquitectos más famosos del mundo, harán que Beijing y Shangai luzcan como modelos de la modernidad del siglo XXI. Más chinos aparecerán en el listado de las personas más ricas del mundo, y en las subastas internacionales de arte los artistas chinos alcanzarán precios con los que otros sólo pueden soñar.

Salir de una pobreza casi abyecta y de una tiranía sangrienta en apenas una generación es una gran proeza, y China merece nuestra admiración por ello. Sin embargo, la historia de éxito de China es también el reto más serio que haya enfrentado la democracia liberal desde el fascismo de los años 30.

Es en el campo de las ideas donde el modelo político-económico chino, sin importar sus consecuencias sobre el medio ambiente, está logrando victorias y luciendo como una alternativa atractiva al capitalismo democrático liberal.

Y se trata de una alternativa real. Contrariamente a lo que dicen algunos supuestos expertos, el capitalismo chino no es como el capitalismo europeo del siglo XIX. Es verdad que la clase trabajadora europea, por no mencionar a las mujeres, no tenía derecho a votar hace 200 años. Sin embargo, incluso en las fases más crueles del capitalismo occidental, la sociedad civil de Europa y Estados Unidos estaba compuesta por una enorme red de organizaciones independiente del Estado: iglesias, clubes, partidos y asociaciones disponibles para todas las clases sociales.

En contraste, si bien en China las personas han recuperado libertades individuales desde la muerte del maoísmo, no tienen la libertad de organizar nada que no esté controlado por el Partido Comunista.

Es difícil polemizar con el éxito. Si hay algo que la creciente riqueza de China ha enterrado, es la reconfortante idea de que el capitalismo y el desarrollo de una burguesía próspera conducirán inevitablemente a la democracia liberal. Por el contrario, es precisamente la clase media, comprada con promesas de un bienestar material cada vez mayor, la que espera conservar el orden político actual. Puede que sea un trato faustiano —prosperidad a cambio de obediencia política—, pero hasta ahora ha funcionado.

El modelo chino es atractivo no sólo para las nuevas elites de las ciudades costeras de China, sino para otros actores del resto del mundo. A ella acuden en rebaños los hombres de negocios, los magnates de los medios de comunicación y los arquitectos. ¿Podría existir un mejor lugar para hacer negocios, construir estadios y rascacielos, o vender tecnologías de la información y redes de medios de comunicación, que un país sin sindicatos independientes ni cualquier forma de protesta organizada que pudiera reducir las utilidades? Mientras tanto, las inquietudes acerca de los derechos humanos o ciudadanos se denigran como algo fuera de moda, o una expresión arrogante de imperialismo occidental.

Sin embargo, hay una mosca en la leche. Ninguna economía crece indefinidamente al mismo ritmo. Ocurren crisis. ¿Qué pasaría si el trato entre las clases medias chinas y el Estado unipartidario se quebrara debido a una pausa, o incluso un retroceso, en la carrera por el bienestar material?

Ha ocurrido en el pasado. En cierto sentido, lo más cercano al modelo chino es la Alemania del siglo XIX, con su potencia industrial, su clase media cultivada pero políticamente neutralizada y su tendencia al nacionalismo agresivo. El nacionalismo se volvió letal cuando la economía colapsó y el malestar social amenazó con subvertir el orden político.

Lo mismo podría ocurrir en China, donde el orgullo nacional constantemente se inclina hacia la beligerancia con Japón, Taiwán y, en último término, con Occidente. Si la economía tropezara, el nacionalismo chino agresivo podría volverse letal también.

Esto no le convendría a nadie, por lo que deberíamos desearle buenas cosas a China para el año 2008, sin olvidar a todos los disidentes, demócratas y espíritus libres que languidecen en las prisiones y campos de trabajos forzados.


Fuente: Clarín
Copyright Clarín y Project Syndicate, 2008.

 


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